Aquí este ejercicio de ensamblaje de cuerpos extraños para jugar a la guerra y, si se puede, para adentrarse a un imaginario particular del artista.
Y digo guerra porque, este combate, cuerpo a cuerpo, no es más que la lucha por la pertenencia, la entrega total, la rendición sin condiciones del contrincante a los agentes disfrazados que, el poder y sus aristas de violencia, necesariamente, ejercen en pos de so-meter al otro. Para el caso, al más débil.
Y digo artista porque se atreve a la acción que a cualquiera sonrojaría o, tal vez, estimularía (Courbet y Duchamps), y ése, definitivamente, es su rol en el universo del arte; articular una propuesta que, si bien, no es inocente, es el acomodo a cierta homofonía, por el conjunto simultáneo de artilugios, dispuestos o entregados a su penetrante mirada, que no esconde pero simula cierta condición macha, devela y hace invisible cierta dureza para apropiarse de la presa; rea, por lo demás, a partir de las erguidas estacas o trampas de la inamovilidad que la sujetan.
Y es esta viril lid desigual (se asemeja más al martirio de la carne, a la peor condición del pellejo) la que, por todos los medios, intenta introducirse a entregadas y boquiabiertas trincheras dóciles (¿carnes de cañón?), que se rinden ante la invasión de un ejército irregular de fálicas formas, portador éste, de una majadera estética de violencia, camuflado y dejándose sentir en la oscuridad de concavidades y agujeros, en la estrategia de seducir con pene-traciones al contrincante, infiltrando al cuerpo enemigo y, para el caso, lograr los trofeos de guerra, el harén que esta justa disímil confiere.
Y en esta acción, proponer elementos y conceptos (¡ya quisieran algunos guerreros pornos descargar, en algún descampado y ficticio campo de Marte o embustero lecho, su lechoso derrame fingido, como en este caso!) para lubricar y dar sentido a cierta intencionalidad distractora, engañosa, sorpresiva y así, socavar con manifiestas puntas afiladas, prestas a desdoblar su sentido amenazante, e incrustarse, cual armas que chorrean su blanco acabado, en rosáceos labios y tímidos follajes púbicos, en nerviosos y retraídos orificios, como si se tratara de indefensas e inmaculadas concavidades que actúan como rehenes de sí mismas. En definitiva, la rendición de la carne (de gallina) expuesta.
Dispositivos que de erotismo y de intrauterinos nada tienen. Del métale y póngale, entonces, para fisgonear detrás de la puerta (nos recuerda “Etant Donnés”), con herramientas alteradas, toda carne exhibida en este coliseo, que se exterioriza y lame sus llagas con sordos quejidos. En definitiva, artefactos, cual mazorcas, que retrotraen el placer de Sade y alimentan el morbo del diente grotesco, del ojo morboso, del tímpano presto, de la lengua que se erecta, del tacto promiscuo, al ataque de cierta rectal lujuria. Todo lo cual, pareciera ser condonado en esta estratégica serie.
Implacable combate que se muestra generoso de exponer la carne no erótica (¿al igual que “El Origen del Mundo”?) todo el cuerpo de entradas en carnes doncellas, entregadas a la lucha, ofrecidas al rito y dispuestas al sacrificio guerrero. Comensales de rica humedad para el deguste de la presa retorcida, contraída en su natural herida de genitales veladuras, con hervores y hedores que, invitan complacientes a ser violentadas (yo soy la carne, usted el cuchillo) no sólo por el artilugio de miembros expuestos, parapetados en las atalayas (antes o después de la batalla) en sus placideces, en sus carnales poses, si no por el ojo eréctil que, promiscuo, guiña en pos de descifrar los instintos, por evacuar los sentidos.
De violar la distancia de simple espectador. De arre-meterlo. Sentir la mixtura presentada (sin profiláctico). De coger los conceptos e ideas de violencia que aquí se exhiben (toda la carne puesta al asador) sin pudor alguno. Manosear hasta el hartazgo el mechón expuesto, con el único fin de acabar penetrando, aunque sea, con una mirada lasciva el propio imaginario camuflado que a veces lucimos, de la mano del poderoso diccionario estratégico que, el artista intenta introducirnos, si no a la fuerza, por lo menos sutilmente.
¿Será acaso que su interés es hacernos legible la ruindad deseosa del individuo? ¿De escarbar su cochambroso y paralizado paraje mental y que, a partir de estas mas-turbadoras instantáneas poses, sea incapaz de contenerse ante tanta carne manifiesta, ante tanta sugerencia de la agresión? ¿De asediarnos y recordarnos que nuestra condición sigue siendo la de un animal ilustrado, culturalmente sometido y siempre al filo del oculto deseo pendiente, por ende, al borde de la mala carne que somos?
Carlos Osorio Artista Visual y Cronista Octubre 2007